When you have everything,
you have everything to lose.
Ben Harper.
Hace tiempo que no hay nadie para obedecer las órdenes de la dirección de la casa. El General marchó hacia el lugar que corresponde a un hombre de su graduación. El más alto que puedas imaginar. Aquí no mandaba demasiado, aunque las medallas e insignias de su uniforme sugiriesen lo contrario. Pasaba la vida yendo y viniendo de recado en recado y acompañando al colegio a chiquillos que no le llamaban señor, sino abuelo.
Uno de ellos se pasaba el día contándole lo que había leído en el último tebeo de turno. Casi veinte años después el chaval ya no mata su tiempo leyendo, sino intentando escribir cosas con cierto sentido. Y pretende ganarse la vida haciendo lo que mejor se le ha dado desde entonces: no callar un solo segundo. Aunque su público de aquellos momentos ya no esté aquí para escuchar pacientemente sus ocurrencias.
Tic, tac.
El reloj es el único con derecho a no guardar silencio desde entonces en la casa. Los segundos siguen desfilando sin descanso. Sólo la radio y la televisión tienen permiso para romper el monótono discurso que las manillas pronuncian incansablemente. Pero muchos monólogos no suman una conversación. Sobre todo cuando no hay nadie con quien hablar.
El tiempo juega con ella sin piedad alterando recuerdos, moviendo las cosas de lugar sin previo aviso y llenando de polvo las fotografías que pueblan la casa desde que el General se marchó. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y vale también más que mil memorias que empiezan a dejar de funcionar como solían. Aunque hay cosas que jamás se olvidan por mucho que el tiempo se empeñe en lo contrario.
Tic, tac. Tic, tac.
Cada visita es una sorpresa y un motivo de alegría. Todo el mundo quiere tener un rato para si mismo de vez en cuando, pero hasta ciertos límites. La soledad nunca ha sido una buena compañera de piso. “Hay que ver cómo has crecido desde la última vez que te vi“. La misma frase de abuela de toda la vida se sigue escuchando, aunque hace años que uno no se preocupe por comprar la ropa algo más larga de lo que corresponde para que sirva más tiempo.
Quien diga que tres personas son multitud no ha vivido solo en su vida. Aquí, tres personas son una fiesta. El corazón se alegra más de lo debido y trabaja incansablemente para que su dueña disfrute todo lo posible de esta ocasión sin igual. Los médicos se lo tienen terminantemente prohibido. Pero a él le da lo mismo. No hay demasiadas ocasiones como esta, y hay que aprovecharlas a tope mientras se pueda. Cuando lo tienes todo, tienes todo que perder.
Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac.
Cada mañana comienza una pequeña rutina más vacía aún si cabe que el día anterior. Es difícil intentar llenar veinticuatro horas cuando no tienes nadie que te ayude en la tarea. Pero eso al reloj no le importa. Él sigue su camino, impasible, sin preguntar si alguien se ha quedado por el camino. Quizá sea culpa suya que ya no haya nadie en la casa a quien mandar. Quizá por eso nunca calla. Para que nadie le acuse del silencio que no cesa.
Las fotografías no son suficientes para mantener viva la memoria de quién ya no está con nosotros. Sobre todo cuando tus manos son incapaces de sujetar unos recuerdos que se escapan como arena entre los dedos: silenciosamente y sin remedio. Y con las manos vacías no se puede construir nada. El futuro no tiene objetivos y el pasado se marcha poco a poco sin que puedas alcanzarlo. La vida, así, deja de tener sentido.
Y el reloj seguirá sonando sin que nadie pueda mandarle callar. Porque él jamás ha obedecido a nadie en esta casa. La radio y la televisión podrán hablar más alto. Pero él nunca perderá su viejo discurso interminable.
Tic, tac. Tic, tac.
Tic, tac…
Ben Harper – Amen Omen.


