Seis balas.


James Morrison – Call the police

 


- Si te soy sincero, no creía que esta historia fuese a acabar así.

 

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El último cigarrillo moría bajo su zapato mientras Z se abrochaba lentamente los botones de su camisa sentado al borde de la cama. A estas alturas, no tenía ninguna prisa. Nadie le esperaba en ningún sitio. En realidad, ni siquiera sabía muy bien por qué se volvía a arreglar. Ya lo harían otros por él.

- Supongo que siempre pensé que alguien acabaría escribiendo sobre mí. No sé… Que me harían protagonista de una película, o de una novela de esas de la hostia, ¿sabes? ¡Jaja! ¿Te imaginas? ¿Me ves en un cartel gigante encima de la puerta de un cine?

Cada una de sus palabras dibujaba en el ambiente una imagen aún más triste que la anterior, aunque la sonrisa falsa de su boca quisiera callarla con su sabor a alcohol y excesos. Su rostro, más viejo y arrugado a medida que pasaban los días, mostraba la fotografía de un hombre cansado. Cansado de mucha gente y de muchas cosas.

- Tendría de todo… Escenas de amor, momentos de risa, otros de llorar… Hasta le pondría escenas de cama con cualquier zorra que se venda como actriz para que los granudos de quince años puedan pajearse en el cine a sus anchas. Creo que sería un éxito. Pero sobre todo, le pondría mucha sangre. Creo que de eso no debería faltar.

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Hay momentos en la vida en que la suerte no sólo te da la espalda. También se marcha corriendo sin poder dejar de reírse de ti por un segundo. Al fin y al cabo, tu destino está en sus manos. Z estuvo en el lugar equivocado… en el momento menos oportuno. 23 años y 211 días después, el mundo quiso pedirle perdón y devolverle lo que era suyo. Pero nadie le explicó cómo recuperar el tiempo perdido bajo el abrigo de una bombilla que funcionaba un día sí y dos no, y la compañía de unos tipos que se divertían no dejándole dormir por las noches sólo para no aburrirse durante sus turnos.

- Me gustaría ser recordado como un justiciero. Como alguien que ha luchado por lo que otros hijos de puta le han robado. Nada más que eso. Pero la historia no la escribimos los pobres. Ni siquiera la escribe la verdad. ¿A quién coño le importa la verdad? Sólo quieren cuentos en los que los protagonistas se casen con princesas y acaben cagando billetes de 20. A los que comemos mierda, que nos jodan.

La primera vez no fue por vengcorbata2anza. Fue por justicia. Bajo un traje, una corbata y un chalet en zona rica se ocultaba el hombre que robó la vida de Z sin darse cuenta. El mismo que mató a un chaval por un puñado de monedas sin miramientos, y que años después enseñaba a sus hijos a ayudar a las personas mayores en los pasos de cebra. Ese que huyó del lugar de la forma más cobarde posible, y que con el tiempo aprendió a caminar como si la culpa no pesara sobre él. Z no lloró al despedirse de él tras el reencuentro. Él sí.

- Para ellos, nuestras vidas no valen nada. A decir verdad, las suyas para mí… Tampoco. No necesito mentir un día al año regalando buenos deseos a todo bicho viviente. Por mí, que les jodan del 1 de enero al 31 de diciembre.

La segunda vez sí fue por venganza. Z nunca lo ocultó, aunque tampoco tuvo a nadie a quien decírselo. Para él la palabra ‘confianza’ dejó de significar algo en el mismo momento en que vio la luz del sol por primera vez tras más de dos décadas vestido de naranja. Siempre pensó que las mujeres no eran más que furcias que bailaban al calor de la entrepierna o el bolsillo más abultado. Lo que nunca imaginó es que la persona con quien había compartido juegos desde el primer día de su vida fuese capaz de robarle lo que más quería. Ella no tenía la culpa… Pero él sí. Z tampoco sintió tristeza en la despedida. Su hermano no pudo evitar las lágrimas.

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- En realidad, no creo que la vida valga nada en absoluto. ¿Qué nos da? Nos comen la puta cabeza contándonos que desde el mismo momento en que nacemos ya hemos pecado por culpa de unos capullos que saquearon la zona VIP del jodido hotel de cinco estrellas en el que vivían gratis. Y tienes suerte si consigues dormir en algo mejor que un sucio motel de carretera a cambio de esclavizarte hasta que seas viejo y no sirvas para nada. Entonces te quitan de en medio soltándote cuatro gordas al mes para tener la conciencia tranquila. Eso, si no se cruza alguien en tu camino y te suelta dos tiros cuando menos te lo esperes. Y fin de tu historia. En menos de un segundo, se terminó todo. ¿Ya está? ¿Eso es un puto regalo? ¿De verdad alguien piensa que eso merece la pena?

Su lista de despepistola doradadidas no terminó ahí. Primero buscó al policía que le identificó en una rueda de reconocimiento junto a otros cuatro mendigos que habían sacado a empujones de vete tú a saber qué rincón lleno de meados. Después al fiscal que no dudó un momento en acusarle aportando todo tipo de pruebas fruto de su imaginación y su necesidad de encontrar un culpable. Y por último, quiso hacer una visita al juez que no dudó en contentarse con cuatro verdades a medias y un par de testimonios dudosos para quitarse el marrón de encima. Todos lloraron al decir adiós. Z no gastó ni una mueca.

- No soy un héroe, eso lo tengo claro. No estoy orgulloso de todo lo que he hecho hasta ahora. La única compañía que he tenido ha sido la de mi revólver y sus seis balas, que se han ido marchando con el tiempo. Los pocos momentos que he disfrutado han sido los que cualquier botella me regalado después de ajustar cuentas con todos los que tenían deudas conmigo. Y los polvos que he disfrutado contigo después de dar el último trago de la noche. No eres más que una puta, una desgraciada como yo. Pero tú todavía guardas tu dignidad. Eso es algo de lo que pocos pueden presumir. Y te puedo decir que has sido la persona más importante de mi vida, aunque ni siquiera sepa tu nombre, y a ti no te importe lo más mínimo.

Acto seguido, Z dibujó en sus labios el beso más sincero que el dinero puede comprar.

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- Ahora, si me disculpas, tengo que escribir el final de mi película. No te deseo que seas feliz, porque nunca lo serás. Sólo te pido que nunca dejes de caminar con la frente bien alta. No debes bajar la mirada ante nadie ni soportar un sólo desprecio. Que ellos se aparten cuando pases tú.

La puerta fue la única que dijo algo cuando él se marchó de la habitación.

Z caminó durante horas sin dirección. No tenía ningún lugar al que ir, ni nadie que le fuese a echar de menos. No era conocido ni admirado. No era querido por nadie. Ni siquiera era odiado. Nadie le hablaba y nadie le buscaba. Nadie era la única persona que le faltaba por visitar. Y de nadie se tenía que despedir ya. Su viaje sólo tenía billete de ida y dos compañeros de vagón: su pistola y su última bala. El destino: dejar de ser nadie para volver a ser nada. Como antes de nacer.

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Y en esta ocasión, Z no pudo evitar soltar una lágrima antes de despedirse.

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