Supongo que todos hemos tenido algún momento en la vida en que las ganas de mandarlo todo a la mierda estuvieron a punto de vencernos. Porque hay ocasiones en que los problemas se multiplican hasta no dejarnos ver más allá de nuestras narices. O peor aún, somos nosotros quienes nos tapamos los ojos con nuestras propias manos.
El mío ocurrió hará algo más de un año. Y si tengo que dar las gracias a alguien por ayudarme a salir de allí, supongo que Rebeca está entre las personas que más las merecen.
Su historia es una de tantas de entre todos aquellos que salieron de su país soñando una vida mejor. Hablaba de Quito como una ciudad que merece la pena visitar una vez en la vida, y sonreía al comentar cómo ha mejorado desde que ella se marchó de allí. También lo hacía cuando mencionaba a sus hijos o a su marido.
A decir verdad, casi siempre sonreía. Era una de las cosas que más me sorprendía de ella.
Porque nunca ha sido fácil ganarse la vida en un lugar que no es el tuyo, y menos llevando el ritmo que ella soportaba. Admiro a la gente que es capaz de trabajar de sol a sol para sacar adelante a su familía. Rebeca, además, dedicaba también la noche.
Su vida marchaba en sentido contrario a las de todos los demás. Se despertaba a la hora de la cena, después de cuatro o cinco horas de sueño, comía algo y marchaba a comenzar su jornada de trabajo. Primero en Cercanías, luego en Metro y finalmente en autobús. Llegaba a las doce de la noche y salía de allí a las seis de la mañana en dirección a la parada del 114. Allí la conocí, entre bostezos y escalofríos, porque nunca ha llovido tanto sueño y tanto frío como a esas horas tan tempranas.
Compartíamos autobús todas las mañanas. Yo iba hacia mi casa y ella al piso de una amiga donde podía descansar hasta las ocho y media. A las nueve comenzaba su segundo trabajo, que duraba más o menos hasta la hora de comer. De nuevo Metro y Cercanías y vuelta a casa ya entrada la tarde. Y a dormir esas cuatro o cinco horas… hasta que a las nueve su hija la despertaba.
Trabajaba seis días a la semana.
Nunca me he sentido tan estúpido y tan inútil como cuando le conté los problemas que me agobiaban en aquel momento. Ella escuchaba y respondía a todo con la sonrisa que nunca dejaba guardada. No le hacía falta decir nada para hacerte ver que no hay dificultad que no se supere con una mezcla de voluntad y trabajo duro. Al fin y al cabo, eso es todo lo que ella hacía. Y lo único para lo que tenía tiempo.
No eran pocas las mañanas en que caía dormida en el autobús nada más sentarse. Y cuando no lo hacía soñaba despierta con volver a casa y poder meterse en la cama para escapar de su rutina sin hora de vuelta.
Me gustaría saber que ha sido de ella desde que dejé de verla cada mañana. Ninguno de los dos trabajamos ya en aquel lugar. Ella terminó su contrato y yo acabé renunciando al mío. Quisiera enterarme de que por fin lleva una vida normal y puede mantener a su familia sin tener que dejar todo su tiempo en el empeño. Y, por qué no, me gustaría darle las gracias por haber tenido la oportunidad de conocer su historia.
Porque si no hubiera sido por ella, no habría podido quitarme las manos de la cara para mirar al futuro. Y no habría logrado alguno de los sueños que cumplí por aquel entonces.
Espero que ella tenga ya los suyos hechos realidad. Aunque sólo sea el de vivir sin la tiranía del despertador dos días por semana o el de dormir cuando el resto del mundo está en silencio. Porque aunque parezca poca cosa, es mucho cuando no se tiene ese derecho.


