La ciudad está llena de peligros. Pero para eso está hecho él. Prostitución, atracos, venta de drogas… Nada escapa a su control. Que tiemble el delito, ha llegado el munipa.
Cualquier esquina, cualquier rincón, cualquier pequeño escondrijo puede ocultar al más vil y despreciable ser. Pero el munipa tiene un arma infalible: la sirena. Enciende sus luces y los maleantes huyen a la carrera, como si de hienas se tratasen. Es un nuevo éxito del munipa.
Todos le quieren, y él lo sabe.
Aburrido de la programación radiofónica de la noche, el munipa decide enfrentarse al mayor enemigo que se le puede presentar: el botellón. La ciudad está devastada por este fenómeno y sólo él puede enfrentarse a tal peligro. Parque a la vista. El munipa aparca con calma, sin precipitarse, porque sabe que simplemente su presencia sirve para asustar a los botelloneros.
La llegada del munipa convierte a los alcohólicos chavales en hormiguillas que corren de un lado a otro sin encontrar la salida. “Buenas noches, señores, esto es un control rutinario, saquen su documentación”. Cuando el munipa pronuncia esas palabras, sabe que ha triunfado. La gloria le cubre y el mundo le ama un poquito más. Unos cuantos nombres a la libreta, unas cuantas botellas para vaciar y misión cumplida. El munipa ha triunfado.
Quizá dos calles más allá se haya producido un robo. Lamentablemente, el agente no puede estar luchando contra el crimen en dos sitios a la vez. Esta vez puede habérsele escapado el infractor. Pero no dudará mucho. No mientras le vigile… el munipa.
No hay picoleto tan bravo,
ni BESCAM, aún con su pipa;
el criminal no está a salvo
mientras patrulle el munipa.
Un homenaje de Francisco Izuzquiza.