No hay hombre en la faz de la Tierra que no sienta un escalofrío recorriendo su cuerpo al observar el cañón de un revólver apuntando a su cabeza. Tener la muerte a apenas un disparo de distancia hace esconderse con el rabo entre las piernas hasta al perro más ladrador. Desde que pasó por la puerta de la tienda, Johnny era superior a los demás y lucía el poder en su mano derecha.
- Moveos hacia esa esquina. ¡Vamos, joder, vamos! ¡No tengo todo el puto día!
Los tres chavales obedecieron sin rechistar y se acurrucaron en el rincón en apenas unos segundos. Johnny dibujó en su cara media sonrisa de satisfacción y dirigió su mirada al tendero mientras mantenía la pistola vigilando a los recién castigados.
- Ponme lo de siempre.
- ¿Lo de siempre?
El arma cambió de objetivo y el tendero comenzó a sudar sin poder apartar la vista de ella.
- Lo de siempre.
El aire se marchó de golpe dando un portazo al salir mientras la arena se dispersaba por todas partes en la calle. Se escuchaban las rachas de viento desde el interior de la tienda. Sin embargo, ningún matojo rodaba de un lado a otro. En aquella zona de Extremadura jamás se había visto uno.
El tendero miró de abajo a arriba a su asaltante. Botas altas con una espuela plateada en su parte trasera, pantalones oscuros, cinturón con una gran hebilla, camisa a cuadros oculta bajo una chaqueta larga con una abertura en su parte derecha por la que asomaba una funda de pistola marrón oscuro. Todo coronado con un amplio sombrero vaquero y un pañuelo de color rojo que tapaba parte del rostro, pero no lograba disimular los numerosos granos que poblaban los laterales de su frente.
- ¿Qué estás mirando? – el dedo índice de Johnny empezó a jugar con el gatillo.
El comerciante dio un pequeño salto hacia atrás y sacó rápidamente lo mejor de su género para calmarle. Una vez lo tuvo todo listo en el mostrador, lo introdujo en una bolsa que ofreció sin decir palabra. Su otro brazo temblaba sin cesar, como golpeando el mueble por debajo para calmar los nervios. Johnny no pudo guardar otra sonrisa y movió su pistola dos veces levantando el cañón hacia el cielo.
- Déjala sobre la mesa y pégate al mueble de atrás con las manos donde yo pueda verlas. Si colaboras conmigo y no te mueves, no te pasará nada.
Johnny cogió la bolsa y se giró hacia los chavales que había dejado en la esquina del local. Miró el interior de su botín y sacó de él un caramelo al que pronto liberó de su envoltorio para enviarlo a su boca. Después de unos segundos, lo escupió sobre los chicos. Acto seguido buscó otro y comenzó a desenvolverlo.
- ¿Qué os parece ahora mi ropa, chavales? ¿No os vais a reír de cómo voy vestido?
Nadie se atrevió a responder a su pregunta. Johnny aprovechó el silencio para introducir el segundo caramelo en su boca y lo paladeó durante unos momentos. Dirigió su pistola hacia ellos y vio como se tapaban la cabeza con las manos mientras el temblor invadía sus cuerpos.
- Lo suponía. En el fondo sois unos jodidos maricones.
¡Bam! La puerta se abrió de repente.
- ¡Quieto, policía! ¡Tira el arma o disparo!
Se había acabado el juego.
- Mierda. – dijo Johnny, echando la pistola al suelo y aprovechando para escupir el caramelo de su boca sobre sus tres víctimas de nuevo. No quería privarse de ningún lujo.
La vida se ve de otra manera desde el asiento de atrás de un coche patrulla. Johnny empezó a pensar en todo lo que le esperaba una vez saliera de él. La bronca de su padre por haber mangado el revólver del abuelo del cajón de las cosas estropeadas. El disgusto de su madre al comprobar que había rajado el chaquetón caro que le regaló por su último cumpleaños. La de meses sin salir que le iban a caer como castigo. Y la de broncas que tendría que soportar por haberse atrevido a hacer una locura como ésta.Pero él estaba muy tranquilo.
- ¿Sabéis? En el fondo me da igual que esto haya acabado así. – comentó Johnny a los policías que viajaban delante. – ¿Habéis visto la cara de esos capullos? Estaban acojonados. Ya no se van a meter conmigo más en el patio del colegio ni a llamarme nada por cómo voy vestido. Que se jodan si no les gusta. Y ya nunca volverán a colarse en la cola de la tienda de chucherías simplemente por ser más grandes que yo. Temblaban como niñatos, si les llego a apretar un poco más se habrían cagado allí mismo en los pantalones. Son unos maricones de los pies a la cabeza. Ojalá que todo el mundo se entere de esto y que les den bien por culo. Se acabaron sus días de abusar de los demas.
- Cállate, Juanito, que buena la has liado. Está todo el pueblo patas arriba. Verás cuando se entere tu madre de esto, la que te va a caer. – contestó uno de los agentes.
El chico bajó la cabeza y pensó en el tortazo que le daría su madre si le oyera hablar así de mal. Pero le daba igual. Apoyó la cabeza en la ventanilla del coche y observó los últimos rayos de sol escapando por encima del horizonte. Terminaba el día más importante de su vida. El día que vio nacer una leyenda: Johnny Chaquetacortada…
…y el día en que se quedó sin poder entrar a la tienda de caramelos el resto de su vida.
- ¡Mierda! – gritó golpeándose la cabeza contra la ventanilla.