El niño que quiso ser rey.

- Mamá, ¡ya sé qué quiero ser de mayor!

Todos los niños, en algún momento de su vida, plantean esta situación de una forma o de otra. La infancia es juego y sueños, y los chicos y chicas juegan y sueñan a ser mayores y se imaginan cómo será su vida cuando dejen de ser pequeños. Futbolistas, astronautas, bomberos, médicos, veterinarios, policías… Hay fantasías de todo tipo, vocaciones fugaces y vidas enteras que nacen de frases que parecen inocentes cuando se pronuncian, tan inocentes como las palabras de un niño. Nuestro protagonista se salió del guión habitual.

- Yo, de mayor, quiero ser rey.
- Hijo… tú no puedes ser rey porque los reyes tienen la sangre azul.

Pero los niños no entienden de impedimentos. Para ellos, su mundo no es el planeta donde viven sino el escenario donde se desarrolla su imaginación. Pueden hacer lo que quieran porque pueden inventar lo que quieran. Dejamos de ser niños cuando nuestro cerebro deja de crear fantasías para generar pensamientos. Cuando dejamos de ver las cosas que nos muestran los mayores para empezar a mirar con nuestros propios ojos.

Nuestro niño creció, pero nunca dejo de imaginar. Nunca dejó de ser niño. Nunca se quitó su corona de cartón.

Y como tal, siguió pensando que el mundo no tenía fin, y comprobó que todo giraba a su alrededor a pesar del paso de los años. Sólo tenía ojos para sí mismo. Sólo importaba él. Y mirándose, mirándose, descubrió que bajo sus manos asomaban hilos de color del cielo. Venas con sangre azul.

Entonces comprendió que su sueño era posible. Podía llegar a ser rey.


Ser rey no es tarea fácil. No basta con tener sangre azul. Hacen falta muchas cosas que le distinguen del resto de los humanos. Al fin y al cabo, un rey no es una persona normal. Por eso es diferente por dentro, y debe mostrarlo por fuera.

Lo primero que necesitaba era un castillo, pero vio que no podía construirlo solo. Así que fue llamando a sus amigos para que le ayudaran a poner ladrillos. La premisa era sencilla: terminarlo pronto para poder ser rey cuanto antes. Él se dedicaría a asegurarse de que la obra marchaba bien.

El ritmo no era fácil de aguantar y muchos de los amigos se fueron marchando. Eso no es problema porque cualquier persona es capaz de poner un ladrillo encima de otro, así que cada amigo que abandonaba era suplido por la primera persona que pasaba por la calle. Y así avanzó el proyecto, cubriendo hueco a hueco, subiendo piso a piso, hasta que la última almena quedó colocada.

Una vez construido el castillo, nuestro niño contempló su obra y pensó que había hecho un buen trabajo. Un rey no se merece una morada cualquiera y ese edificio estaba a la altura de lo que alguien como él se merecía. Cuando los habitantes de la zona pasaran delante de él, comprenderían quién vive ahí dentro y no se atreverían a acercase. Podría asomarse a cualquier terraza, contemplar sus interminables dominios y divertirse observando las insignificantes vidas de las personas que desde tan alto parecen hormigas. Colocó el trono más grande que había disponible y se sentó a disfrutar de la vida. De su nueva vida. De su maravillosa vida.

Sí… lo había conseguido. Ya era rey.


Al cabo de un tiempo se dio cuenta de que un rey no puede vivir solo, porque los reyes no pueden trabajar. Y pensó que tenía que dar órdenes a alguien, porque no hay monarca que se precie que no tenga nadie bajo su mando. Así que salió a buscar gente dispuesta a trabajar para él.

Pronto llovieron los rechazos y los desengaños. Nadie quería formar parte de su corte. Nadie le conocía porque era un rey nuevo en el lugar. Entonces comprendió que si no puedes ofrecer realidades, siempre queda la opción de prometer. Y prometiendo, prometiendo, consiguió que algunas personas con mente de niño se unieran a él. Un futuro brillante, territorios para todos, tesoros de cuantía inigualable. Porque los pequeños no entienden entre promesa y realidad.

Sirvientes niños, doncellas niñas, ejército de niños. Todo estaba hecho.


Pasaban los años y el nuevo rey disfrutaba de su placentera vida. Sin trabajo, sin responsabilidades, todo se lo hacían los demás y él no debía preocuparse de nada. ¿Hay algo mejor que esto?

Lo que nuestro niño no sabía es que todos los reyes tienen enemigos. Eso no lo dicen los cuentos. Adversarios poderosos, con muy malas ideas y armados hasta los dientes. Sin escrúpulos, sin piedad, sin ninguna buena intención. Sólo hacía falta tiempo para que apareciesen.

Y cuando los malos se enteraron de que había un nuevo rey en la zona, se lanzaron a por él a la primera oportunidad.

Nuestro niño intentó defenderse, pero se topó con una sorpresa desagradable. Los sirvientes, las doncellas y los soldados habían crecido y sabían que las promesas que un día recibieron eran sólo eso: promesas. No había nada detrás. Su rey no era más que un niño jugando a ser poderoso, un crío que imaginaba que era alguien importante sentado en un trono enorme. Alguien que sólo podía ofrecer sueños porque sólo tenía sueños. Así que se encontró sin sirvientes, sin doncellas, y sin ejército que pelease por él.

Se había quedado solo.


El problema es que nadie le explicó que los reyes sólo tienen sangre azul en los cuentos y que en realidad son tan humanos como el resto de las personas que les rodean. Y que la sangre que un día creyó azul, a pesar de lo que él veía, era tan roja como la de los demás.

Derrotado por sus enemigos, derrocado sin poder resistir un segundo, nuestro niño se hizo mayor de golpe al ver deshacerse su corona de cartón en un mar de lágrimas.

Pero ya era demasiado tarde. No tenía castillo. No tenía sirvientes. Ni doncellas, ni ejército, ni corona. Y lo peor de todo, tampoco tenía sueños… Ni amigos. Ya no tenía nada.

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