Nadie sabe dónde se ha escondido el sol. El cielo está oscurecido por un manto denso que amenaza con la ventaja de estar por encima de los demás. Una tras otra, las gotas desfilan dirigiéndose al alféizar y saltan en mil direcciones dejando su huella por todos lados. La ventana no está cerrada del todo e invita al agua a pasar y ponerse cómoda. Sin presentar entrada ni DNI.
En el interior la luz tampoco destaca por su presencia. Hoy no es buen día para brillar.
Las gotas siguen cayendo. Los minutos avanzan, avanzando en una línea sin final. Y él sigue tumbado boca arriba, mirando a algún punto de la nada y tratando de dejar su mente en blanco. Vacía, como todo lo que le rodea. No hay luz. No hay música. Más de uno juraría que no hay nadie. Y más de uno le creería.
Hay momentos en el viaje por el que nos lleva la vida en que uno necesita parar, bajarse del tren y dar un paseo para saber dónde está y hacía qué lugar se dirige. Estamos tan acostumbrados a poner el piloto automático que a veces perdemos el control de nuestro propio destino. Y quizá nos estamos equivocando sin saberlo. Nadie puede decirnos cuál es nuestro camino.
Y él había decidido echar el freno y dar una vuelta sin levantarse de la cama.
El cerebro humano tiene un curioso don, para bien o para mal: es imposible pedirle que descanse. Nunca para. Intenta dejar la mente vacía y oirás dentro de ti una voz diciendo “ya lo he hecho”. Pero jamás obtendrás el silencio como respuesta. Dormir no consiste más que en encerrarnos en nosotros mismos de tal forma que nos olvidamos de que el resto del planeta existe. Pero seguimos pensando mientras tanto.
Y por desgracia, el mundo sigue en su sitio al despertar.
El hombre lleva soñando desde el principio de su existencia, y lo seguirá haciendo hasta el final de sus días. Porque es lo que más nos gusta hacer. De alguna forma nos sirve para tener en nuestras manos aquello que no hemos conseguido en la vida real. Y no tenemos suficiente con soñar dormidos. También queremos hacerlo despiertos. Por eso leemos, por eso escribimos, por eso vemos películas y obras de teatro. Y en el fondo, por eso vivimos. Porque queremos cumplir nuestros sueños.
Uno de los grandes problemas de la vida es darte cuenta de que uno de tus sueños, por una razón o por otra, no se va a cumplir jamás. Que tu ilusión, tu trabajo y tus planes se derrumban al alimón sin que tú puedas hacer nada por evitarlo. Y en ocasiones es el propio polvo del desplome el que te hace darte cuenta de lo que ha pasado. Llegas tarde. No hay vuelta atrás.
En ese momento, sólo te apetece quedarte tumbado mirando a la nada, apagar la luz y la música y pensar que todo va bien porque no necesitas absolutamente nada. Y que ese momento puede durar para siempre.
Pero la verdad es bien distinta. No es nada lo que necesitas, sino nada lo que tienes.
Y por fortuna, todo tiene un lado bueno para el que lo quiera contemplar. Porque si no tienes nada, tampoco tienes nada que perder.
La respuesta acaba surgiendo de ti mismo, como un libro de autoayuda.
Y ese cerebro que nunca descansa, esa fábrica de sueños que nunca ha dejado de funcionar durante toda tu vida, pronto se pondrá a trabajar de nuevo y a llenarte de pensamientos, ideas y nuevas ilusiones. Sólo necesita un tiempo para aclararse y saber qué es lo que tiene que hacer. Sólo es cuestión de dejarle tranquilo.
Lo único que se necesita para volver a arrancar es algo de luz que te guíe hacia algún nuevo lugar. El sonido ya lo pone esa cabeza que no consigue quedarse callada del todo.
Y si el sol no consigue abrirse paso entre la capa plomiza que cubre el cielo y las gotas que desfilan marcialmente hacia el alféizar de la ventana, siempre hay un interruptor a mano que enciende una bombilla. Por ahí se puede comenzar. Porque es imposible leer con la luz apagada. Ni siquiera los libros de autoayuda.
De alguna forma, esto es un comienzo hacia algo nuevo.
Y al vez la luz, nadie creerá que la habitación está vacía. Quizá alguien se anime a llamar a la puerta.

Una Respuesta a Como un libro de autoayuda.