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Concavidad cerealaica.

La vida gasta curiosas bromas de vez en cuando. Y hoy voy a hablar de una de ellas.

En una jornada en que servidor tenía concedida audiencia privada con el Rey de las Cosas Pequeñas, el azar ha querido que algo pequeño me diese bastante que pensar a primera hora del día. Y si el Rey me contaba que su habilidad no venía más que de ocho horas diarias de concienzudo estudio con una pizca de locura, lo mio es fruto de ocho toneladas de locura con una pizca de oportuna observación.

Mi mensaje es conciso. Maldigo al inventor de los cereales cóncavos.

He aquí la prueba del delito.

He aquí la prueba del delito.

Cuenta el Rey a quien le quiera escuchar que Dios creó el mundo en siete días… y eso se nota. Pero es que, además, ni siquiera fueron siete… porque el séptimo descansó. Hay una religión, la de los Adventistas del Séptimo Día, que anunciaba la vuelta de Cristo al mundo para mediados del siglo XIX. Y, que se sepa, no hubo rastro de Él. A ese gatillazo místico lo llaman “El gran chasco”.

Hubo un momento en la Historia, primer día de la Creación, en que un hombre descubrió que se podía hacer fuego en cualquier momento, y no cuando a un rayo le diese por pegarse un paseo por la zona. Otro día, el segundo, alguien pensó que un trozo de madera con el borde redondo podía servir para dejar de llevar las cosas siempre en los brazos y empezar a meterlas en carros. Y una buena mañana, la tercera de la semana, un tipo listo pensó que en lugar de poner las manos para coger agua (que al final siempre se te escapa, por mucho que aprietes los dedos) bueno sería inventar un recipiente en el que meterla. Y ahí nació la cuchara.

Pero por cada seis genios en el mundo tiene que haber alguien que compense la media. El mundo no es perfecto, y el ser humano menos aún.

Así salpica la leche en unos cereales como Dios manda.

Así salpica la leche en unos cereales como Dios manda.

Porque me quedan tres personas por nombrar. La primera, la que el cuarto día observó que con agua y paciencia la comida puede crecer en el suelo como por arte de magia. A la tarde siguiente, la quinta, otro pensó que se podía hacer de oro aprovechando algunos de los inventos anteriores para vender esa comida y hacerse de oro. Y como el pionero no siempre acierta, el sexto día llegó la confirmación de esa profecía, y el señor Kellogg empezó a forrarse vendiendo cereales a diestro y siniestro mientras esperaba la llegada de Cristo, como buen Adventista del Séptimo Día que era.

Ni Cristo ni leches, con perdón. La única leche que vio fue la que echaba cada mañana en sus Corn Flakes. Y el único iluminado que pisó sus tierras fue… el maldito inventor de los cereales cóncavos.

Siempre hay quien intenta colarse en el club de los genios sin entrada, y acaba siendo expulsado con una patada en el culo y un tatuaje de “tonto” puesto en mitad de la frente. Y eso le pasó a nuestro hombre. Que viendo el éxito que tuvieron las cucharas, y la comida en el supermercado, y el señor Kellogg, pensó que crear unos cereales con forma cóncava, o de cuchara, sería un paso adelante en el desarrollo de la Humanidad. Y no podía andar más desencaminado.

Y así salpica el agua, o la leche, sobre una cuchara o unos cereales con la misma forma. Hacia todos lados.

Y así salpica el agua, o la leche, sobre una cuchara o unos cereales con la misma forma. Hacia todos lados.

Dicho lo cual, bien me he acordado de este señor esta mañana, cuando la leche ha manchado el mantel, la servilleta y mi ropa. Todo por el capricho de darle esta forma a los cereales. Que no tenía ningún sentido ni ninguna utilidad… pero ahí están. Manchando mesas y mesas a lo largo y ancho de todo el mundo.

Y ya que en su momento el señor Kellogg no le dio una soberana colleja a este señor por meterse en camisas de once varas, confío que un día el Señor utilice su día de descanso para pegarse una escapada por la Tierra y dársela, que se la merece. Yo estaría contento por lo último, y el señor Kellogg y todos sus adventistas habrían cumplido su profecía.

Y al Rey de las Cosas Pequeñas no le saldrían imitadores de tres al cuarto escribiendo monólogos sobre cosas de su especialidad. Mis disculpas.

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