Dice mi psicólogo de cabecera, que es filósofo de barrio y peluquero de profesión, que lo importante, siempre, es tener un motivo por el que quejarse. Que hasta que no inventen un secreto que convierta la vida en algo perfecto hay que tener una vía de escape para dar rienda suelta a nuestras frustraciones. Quiza lo más parecido a esa píldora mágica sea un boleto de lotería premiado con un número seguido por muchos ceros. Dicen por ahí que existen, pero nunca ha caído uno en mis manos. Así que lo consideraré una leyenda urbana.
Como al psicólogo hay que hacerle caso porque para eso se le paga – para eso y para que me corte el pelo – voy a hacer un poco de terapia en voz alta, con su permiso de ustedes.
Hace unos días me regalaron un reloj de arena. Como los que se manejan en ciertos juegos de mesa, pero más grande y sin su contenido pintado de rosa (que yo me pregunto a quién tendrán trabajando en una tarea tan inútil como esa). Y ahí lo tengo, puesto, dejándole hacer lo suyo. Emocionante no es, desde luego, pero sí efectivo. No sé si es él quien hace pasar el tiempo, o el tiempo quien le hace funcionar a él. Pero los dos van al mismo ritmo, como cogiditos de la mano.
En ocasiones, el reloj de arena parece querer vacilarme. Es sólo un cacharro de cristal lleno de tierra, pero a veces da la sensación de que se está quedando conmigo. Porque cuando me olvido de mirarlo durante más tiempo del debido se pone a correr como un loco. Y cuando le presto más atención de la habitual, quizá para seguir teniendo el protagonismo, se lo toma todo con mucha calma y hace que la arena pase despacio. Y más despacio. Y más despacio…
Ya que dicen que hay que quejarse, me pregunto por qué no me habrán regalado un reloj de muñeca. De los de agujas o uno digital, me da lo mismo. Pero quiero un aparato que me enseñe cuánto dura un minuto y me asegure que siempre van a pasar uno tras otro a la misma velocidad. Y que si quiero que a las doce de la noche sean las doce de la mañana o viceversa, sólo tenga que apretar un botón o mover una ruedecilla para hacer mis deseos realidad. Porque con el reloj de arena, si quiero parar el tiempo, la arena se me escapa entre las manos. Y cuando intento que pase más rápido, las leyes de la física se empeñan en que el agujero del centro tiene un límite de capacidad. Malditos Newton y compañía…
Me quejo por esto como me quejé cuando no tenía reloj. Protesté por falta de trabajo y ahora deseo que pase el tiempo porque estoy hasta las cejas. Vivo harto de trasnochar tras años de decir que no quería madrugar un sólo día más. Grité a mis cuatro paredes que estaba cansado de estar en casa para exclamar hoy a los cuatro vientos que quisiera pasar una tarde en el sofá. No sirvo para dar consejos, tan sólo para quejarme. Si mi vocación fuera la de ayudar a otros, probablemente sería psicólogo de cabecera de alguien, filósofo de barrio y peluquero de profesión.
Pero mis pelos, como el resto de mi cabeza, tampoco han sido nunca un buen ejemplo. Nunca supe cortarlos a tiempo. Y nunca tuve un reloj que me avisara.
Archivado bajo: General | Etiquetado: arena, filósofo, peluquero.barrio, psicólogo, quejas, reloj, tiempo

