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Mejor ser pato que patata frita.

Curioso país ese que se hace llamar Gran Bretaña. Que nadie sabe si son un país o cuatro, si el rojo de sus caras en los veranos españoles se debe al exceso de sol o de alcohol, y cómo han sido capaces de dominar medio mundo en la antigüedad con la comida tan extraña que disfrutan allí. Y lo de disfrutan es por decir algo. Eso no hay quien lo disfrute.

Ni siquiera tienen claro qué tienen entre manos a la hora de la comida. No me refiero a la típica queja de español recién llegado de esas tierras, exclamando que no sabe si ha zampado alimentos o mierda durante su estancia. Con perdón. Es que ellos mismos cuestionan cosas que ningún otro país sería capaz de preguntarse. Quizá por eso han estado por encima tanto tiempo…

Media Gran Bretaña se enfrenta a la otra media debatiendo si las Pringles son o no son patatas fritas. En un país que declaró que Europa estaba aislada cuando una tormenta cortó las comunicaciones en el Canal de la Mancha, la crisis mundial entra por un oído y sale por el otro. Si el Real Madrid quiere llevarse a Cristiano Ronaldo y el mejor Barcelona de la historia espera para desplumar al Manchester United en la final de la Champions League, lo mismo da que da lo mismo. Ellos se entretienen con otras cosas. Semos ingleses y estemos hechos de otra pasta.

Lo más curioso es que Gran Bretaña es un país donde las patatas fritas no quieren ser patatas fritas. Porque ser patata frita en ese país sale carísimo. Y en ello está el señor del bigote que aparece en la anterior foto, intentando convencer a los jueces de que su naturaleza no es tuberculosa, sino de otro tipo. Me pregunto cómo prestará declaración este personaje, si no tiene boca, ni manos… Pero eso es harina de otro costal.

CUAC.

Si las patatas fritas pudiesen elegir, serían patos. Difícil de comprender a simple vista, pero tiene una explicación lógica. Ser patata frita allí sale por un pico, pero tener ídem te asegura una vidorra de campeonato financiada por el Estado. De ahí salió el dinero que financió una isla artificial para patos que construyó un diputado británico en su jardín. Como se enteren los patos del Manzanares, abandonan a Gallardón para marcharse a tomar el té de las cinco. Demasiado puteados están aquí como para aguantar más tonterías.

Quizá algún día veamos a los botes de Pringles de los supermercados de Gran Bretaña hacer “cuac, cuac” de vez en cuando para que sepamos claramente que son pato, y no patata frita. Y seguro que los ingleses lo ven como lo más normal del mundo. Allí son así de rar… especiales.

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